Voces desde el pasado
Canciones, lecturas... vivencias viejas. Y amadas.
Aquello que llega con suficiente fuerza para imprimir una huella en nuestra psique siempre se queda ahí, aguardando a que se la mire desde arriba y se reviva otra vez aquello.
No forman parte de nosotros pues siempre son voces que vienen de fuera, del mundo. Pero las reconocemos como propias porque sin ellas no seríamos como somos. Una canción especial, un libro que se lee una y otra vez, un recuerdo recurrente. Anclas que hemos lanzado al océano de la vida en aquellos lugares donde, contra todo pronóstico, el fondo marino abandona su baldía y oscura realidad y alumbra un tesoro oculto o un pecio hundido.
Como un canto de sirena llaman desde los arrecifes, atrayéndonos hacia tiempos pasados donde todo era mejor. Que sea falso no importa, son hermosas. Sí, uno podría vivir en el pasado permanentemente, nutriéndose de esas voces, sintiendo que la vida y la respiración que faltan a veces, no son un problema y no lo serán nunca más. Solamente hay que encenrrarse con Circe en la cueva y dejar que el mundo siga su curso. Uno ya está fuera de él. Cuánta paz...
Voces desde el pasado. Como las nieblas a las que, dicen, tanto temían los antiguos vikingos ocultan lo que hay delante, atrás y a los lados del camino, y en ese momento, cuando se lanzan las aves enjauladas a la libertad con la esperanza de que no regresen, la voz de una gaviota se oye por encima y renace la esperanza, así surgen de vez en cuando las voces, y de repente la niebla parece menos espesa y la difusa luz sin sombras parece aclararse. Así se recuerda que en la vida, como los hermosos ojos de la dama amada, se requiere a veces de un parpadeo para seguir mirando hacia delante, hacia la difusa niebla del futuro.
Y sin embargo un día se sale de la cueva y se reemprende el camino a Ítaca, con la sensación de que todo lo vivido no ha sido sino un sueño extraño, maravilloso y terrible. Y el marino, a pesar de estar enamorado de la mar, siente la llamada de la tierra, del hogar abandonado mucho tiempo atrás, y pone rumbo a ella, en singladura hacia las costas conocidas que un día le vieron partir en dirección a... no se sabe dónde. Y al llegar a casa, al hogar, se sentirá a gusto durante un tiempo. Pero no pasará mucho hasta que vuelva a oir las voces. Tal es su dicha y su condena. Oir siempre las voces. Las voces desde el pasado.